“El
23 de marzo de 1989, el asteroide (4581) Asclepius (de tipo Apolo), con un
diámetro aproximado de 300 metros se acercó a 0,7 millones de km de la Tierra
(en comparación, la Luna se encuentra a 0,38 millones de km), atravesando la
posición exacta que la Tierra tenía seis horas antes. Si el asteroide la hubiese
impactado habría provocado la mayor explosión registrada en la historia
terrestre”.
Partiendo
de la hipótesis de que el asteroide fuera a colisionar con la tierra y nosotros
estuviéramos presentes en ese instante, se nos plantea una pregunta: ¿preferiríamos
ser conocedores del terrible cataclismo que estaríamos a punto de sufrir o
desearíamos continuar con nuestra vida, ajenos a ello?
En
el anterior caso hipotético, el hecho de permanecer ajenos al conocimiento de
aquello que se nos avecina, puede suponer que durante las últimas horas de
nuestra existencia continuáramos con nuestra rutina diaria, disfrutando de cada
instante sin sentir la angustiosa proximidad de la muerte, es decir, en paz.
Este
ejemplo propuesto nos sirve establecer una comparación interesante:
- el conocimiento científico, nos ayuda a descubrir más cosas acerca de nuestro entorno, del planeta en el que vivimos, de lo que hay en él y fuera de él (aspecto que podríamos comparar al hecho de conocer el desenlace de la colisión del asteroide);
- pero todo ese conocimiento científico, a su vez, acaba con las mistificaciones ideológicas de nuestra sociedad (aspecto que podríamos comparar al hecho de ignorar el funesto suceso que se acerca).
Es
decir, que el conocer científico produce un desencanto en la sociedad, ya que
se produce una subversión de los valores e ideas tradicionales, con la
consiguiente inseguridad ante los cambios. Por ello, podríamos decir que, en determinados temas, “se es
más feliz con la ignorancia que con el saber” (William Shakespeare).
Pero entonces, ¿cómo justificaríamos la búsqueda del saber? ¿No
es la felicidad el fin último que persigue el ser humano? ¿Podría anteponerse
el ansia de conocimiento a la felicidad?
Con ello, quería decirnos que debemos renunciar a los
placeres primarios por los intelectuales, pues aunque estos últimos fueran más
difíciles de satisfacer y más lenta su culminación, la felicidad que nos
otorgarían sería de mayor calidad y más humana. Por tanto, si tenemos la oportunidad
de aumentar nuestro conocimiento, no debemos temer a renunciar a la parte de
nuestra vida feliz colmada de placeres más sencillos y rápidos de conseguir,
pues la recompensa sería otro tipo de felicidad que nos enriquecería todavía
más como personas.
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